-Se hace tarde.
Son palabras que provocan desasosiego. Interpretas que
hay que hacer algo pronto, que el tiempo apremia.
Cuando es del estómago de donde brota la advertencia,
la premura se agudiza.
Pero lo que sientes es más que una necesidad que debe
ser satisfecha.
No es hambre, es aventura.
Comienza en el estómago, es verdad. Pero es en la
mente donde el llamado adquiere su cabal importancia.
Poblado de imágenes, de olores, de vivencias donde no
falta el amor, la sonrisa, las papas quemadas o el pescado con coco y
condimento, el centro de operaciones del cerebro se dispone a tomar una
decisión.
Siempre hay opciones.
Si es en casa, la nevera está al
alcance de tu mano y se reduce la capacidad de elección.
Pero si dispones de libertad para caer en la tentación
y ceder a tus debilidades, entonces tienes que optar por el tipo de cocina que tu
estado de ánimo dicte.
Las tejas rojas, las amplias polleras de colores y los
grandes sombreros huelen a tortillas, a frijoles y a fajitas. Con el Parque
Chapultepec al fondo, se escucha en el aire “Cielito Lindo”.
Los cuerpos
voluptuosos cubierto con leves ropas color verde y amarillo, balanceándose al
ritmo del samba, huele a batucada y alegría, a frijoles negros, arroz y carne
asada alrededor del fuego, donde las llamas le lamen los costados, anticipándose
al paladar del invitado
La nariz levantada un poco más arriba que el tenedor,
los “espaguetis” con amor y vino, saben a cuchina, a península en forma de bota,
a “Sole mío”.
Una enorme sartén humeante, con fragancia flamenca y
dos guitarras, con gusto a taconeo y castañuelas, recuerdan al paladar el sabor
de “Granada’ y de Paella.
Si en tu mente lo que percibes es un jinete con el
sombrero aludo, el barbijo entre los dientes y el noble potro tratando de
sacudírselo de encima, mientras las brasas humean, y la parrillada chilla de
caliente, y el asado sobre la malla clama por degustado, entonces quieres sur,
añoras distancia y carne tierna, costillas cortadas en perfectas tiras
dispuestas con el hueso hacia abajo y la grasa derritiéndose, cayendo sobre la
cama caliente de carbones.
Si abunda el plátano frito, las palmeras y el café, si
para despertar el apetito de terminan de alcanzar un “mojito’ con menta, y una
flauta te recuerda a Siboney, a la Habana, a “la República” o a tierra
liberada, entonces lo que quieres es Caribe, es rumba, es salsa, en el tablado
y en el plato.
No basta con un menú con la descripción del plato de
un lado y la columna de precious del otro, eso es prosaico, secular, impropio.
El plato típico debe venir adornado de hojitas de
perejil y ramos de recuerdos, con aroma brotando de su centro y vivencias circunvalando
sus bordes. No puede quien recibe la honrosa misión de acercarlo a tu mesa
romper la magia que te trajo hasta su mesa.
Tu acción de gracias es entonces sincera, porque
recibes más de lo que estás dispuesto a pagar.
¡Buen
provecho!
Autor: Roosevelt Eduardo Jackson Altez (REJA)
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